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La transformación se produce de uno en uno

Que el tiempo se acelera no es ya ninguna novedad, que los paradigmas actuales se tambalean, tampoco. Entonces, ¿qué vamos a hacer?
Por lo pronto sé qué haré yo o, mejor dicho, qué estoy haciendo y practicando ya desde hace años.
Desde que consideré la responsabilidad de mi vida al 100%, uff, se acabaron las excusas. Fin del lloriqueo y del mañana lo hago porque alguien o algo me lo impide hoy.
Desde que sentí que la vida es algo limitado, valioso y excepcional, no permito que los días pasen en balde, pongo cada cosa, situación, experiencia, en valor y lo considero, me guste más o menos.
Desde que dejé de quejarme, me cunde mucho más el tiempo y suelo ver otras opciones y, sobre todo, muchas más oportunidades salen a mi encuentro.
Desde que opté por agradecer constantemente, la belleza en mayúsculas entró en mi vida.
Desde que creí en crear, todo fue posible, hasta lo imposible, y ahora de lo increíble paso a lo fantástico con facilidad.
La transformación del mundo, si no nos gusta, no pasa ya por la revolución fuera, pasa a mi humilde modo de ver, por la transmutación dentro.
El amor o el odio tienen la fuerza del océano para movilizar y yo sólo espero que a mí me asista el amor porque es donde quiero habitar siempre, incluso, cuando se me olvida.
Y dejar el paradigma del conflicto y la confrontación, del malquerer y del horror, para instalarme desde lo sutil en lo que deseo, en el bienquerido y fascinante nuevo paradigma de la autocreación y el discernimiento.
No se me ocurre una revolución más bella.

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